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viernes, 24 de julio de 2009

CON NUEVOS OJOS

(Tomado del Aposento Alto)

Léase Génesis 1.28-31
Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!-Lamentaciones 3.2223 (NVI)

ABRÍ las persianas de la habitación de abuela esperando que entrara más luz. Ella olvidaba abrirlas. Desde que la movieron a la unidad para pacientes con senilidad en el asilo, se ha tornado más olvidadiza. Fue triste verla deteriorarse.
Un día nos sentamos junto a su mesa, colocando las piezas de un rompecabezas. Le había traído flores, y cada vez que ella alzaba la vista veía las flores como si las viera por primera vez, y me preguntaba quién las había traído. Cuando la ví alzar la vista del rompecabezas una vez más, me preparé para controlar la molestia por la pregunta que esperaba.
«¡Bueno, mira lo que alguien trajo!», dijo abuela, sorprendida. Después añadió: «¡Qué día tan hermoso!».
Me sorprendí. Abuela había recordado algo que yo había olvidado: la belleza de la creación de Dios. Lo que había visto anteriormente como triste, ahora lo ví como maravilloso: una mujer viendo las cosas con nuevos ojos, ojos que no toman por sentado lo «común». Abuela me reveló el Dios que se mueve en esos rincones que pensamos vacíos, así como en la luz, bendiciéndonos a todos/as.

Sa. Callie Smith (Indiana, EUA)

Oración:
Muéstranos, oh Dios, cómo vivir en tu luz, aún en los lugares oscuros. En el nombre de Jesús oramos. Amén.

jueves, 23 de julio de 2009

LISTO PARA HABLAR


(Tomado de Nuestro Pan Diario)

LEA: 1 Pedro 3:13-22

Estad siempre preparados para presentar defensa… ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. —1 Pedro 3:5
Lee Eclov y su esposa estaban en una cafetería en Estes Park, Colorado. En otra mesa había cuatro hombres, y uno se estaba burlando del cristianismo y de la resurrección de Jesús.
Lee sentía que el Señor lo instaba a responder, pero el temor le impedía hacerlo. Finalmente, supo que tenía que decidirse. Así que, fue hacia los hombres y comenzó a darles pruebas históricas de la resurrección.
¿Cómo respondemos cuando estamos en una situación similar? El apóstol Pedro alentó a sus lectores a comprometerse a salir en defensa de Jesús, especialmente en momentos de extremo sufrimiento. Este compromiso significaba no permanecer callados cuando las circunstancias demandaban que defendiesen su fe. Él dijo: «Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15). Estar dispuestos a responder requería que conocieran la Palabra de Dios. Debían responder con mansedumbre y temor piadosos, para que sus perseguidores se avergonzaran de su propia conducta.
La causa de Cristo habría sufrido si Lee Eclov se hubiera mantenido callado o hubiese respondido con rudeza. Posteriormente escribió: «Dios tiene una manera de sacarnos de nuestros rinconcitos tranquilos y, cuando lo hace, debemos estar listos para hablar en Su nombre». —MLW

lunes, 13 de julio de 2009

30 PRINCIPIOS PARA LA VIDA.....(by Charles Stanley)

Principio #1
Nuestra intimidad con Dios, que es su prioridad para nosotros, determina el impacto que causen nuestras vidas. Génesis1:26

Principio #2
Obedezcamos a Dios y dejemos las consecuencias en sus manos. Éxodo 19:5

Principio #3
La Palabra de Dios es ancla inconmovible en las tormentas. Números 23:19

Principio #4
Estar conscientes de la presencia de Dios nos da energías para desempeñar nuestro trabajo. Deuteronomio 20:1

Principio #5
Dios no nos demanda que entendamos su voluntad, sino que la obedezcamos aunque nos parezca poco razonable. Josué 3:8

Principio #6
Cosechamos lo que sembramos, más de lo que sembramos, después de sembrarlo. Jueces 2:1-4

Principio #7
Los momentos sombríos durarán solo el tiempo necesario para que Dios lleve a cabo su propósito en nosotros. 1 Samuel 30:1-6

Principio #8
Libremos nuestras batallas de rodillas y siempre obtendremos la victoria.
2 Samuel 15:31

Principio #9
Confiar en Dios quiere decir ver más allá de lo que podemos, hacia lo que Dios ve.
2 Reyes 6:17

Principio #10
Si es necesario, Dios moverá cielo y tierra para mostrarnos su voluntad.
2 Crónicas 20:12

Principio #11
Dios asume toda la responsabilidad en cuanto a nuestras necesidades, si lo obedecemos. Job 42:7-17

Principio #12
La paz con Dios es fruto de nuestra unidad con Él. Salmo 4:8

Principio #13
Escuchar a Dios es esencial para andar con Él. Salmo 81:8

Principio #14
Dios actúa a favor de quienes esperan en Él. Isaías 64:4

Principio #15
El quebrantamiento es el requisito de Dios para que seamos útiles al máximo. Jeremías 15:19

Principio #16
Todo lo que adquirimos fuera de la voluntad de Dios termina convirtiéndose en cenizas. Ezequiel 25:6-7

Principio #17
De rodillas somos más altos y más fuertes. Daniel 6:10-11

Principio #18
Como hijos del Dios soberano, jamás somos víctimas de nuestras circunstancias. Oseas 3:4-5

Principio #19
Todo aquello a lo que nos aferremos, lo perderemos. Amós 6:6-7

Principio #20
Las decepciones son inevitables; el desánimo es por elección nuestra.
Habacuc 3:17-19

Principio #21
La obediencia siempre trae bendición consigo. Lucas 11:28

Principio #22
Andar en el Espíritu es obedecer las indicaciones iniciales del Espíritu. Hechos 10:19

Principio #23
Jamás podremos superar a Dios en generosidad. 2 Corintios 9:8

Principio #24
Vivir la vida cristiana es permitir al Señor Jesús vivir su vida en y por medio de nosotros. Gálatas 2:20

Principio #25
Dios nos bendice para que nosotros podamos bendecir a otros. Efesios 4:28

Principio #26
La adversidad es un puente que nos conduce a una relación más profunda con Dios. Filipenses 3:10-11

Principio #27
No hay nada como la oración para ahorrar tiempo. 2 Tesalonicenses 3:1

Principio #28
Ningún creyente ha sido llamado a transitar solitario en su peregrinaje de fe.
Hebreos 10:24-25

Principio #29
Aprendemos más en nuestras experiencias por el valle de lágrimas que en las de la cumbre del éxito. Santiago 5:10

Principio #30
El deseo ferviente del regreso del Señor nos mantiene viviendo productivamente. Apocalipsis 22:11

martes, 7 de julio de 2009

HACIENDO LA OBRA DE DIOS


(Tomado de Nuestro Pan Diario)

Nuestra competencia proviene de Dios. —2 Corintios 3:5


Cuando era pastor solía tener una pesadilla una y otra vez. Me levantaba para predicar el domingo por la mañana, miraba a mi congregación… ¡y veía que no había nadie en los bancos!
No hace falta un Daniel (Daniel 2:1, 19) o un terapeuta en sueños para interpretar la visión. Ésta salía de mi creencia de que todo dependía de mí. Erróneamente creía que, si no predicaba con poder y persuasión, la congregación disminuiría y la iglesia se vendría abajo. Pensaba que yo era el responsable de los resultados de la obra de Dios.
En los Evangelios leemos que algunas personas Le preguntaron a Jesús, «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?» (Juan 6:28). ¡Qué audacia! ¡Sólo Dios puede hacer las obras de Dios!
La respuesta de Jesús nos instruye a todos: «Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (v.29). Entonces, sea lo que sea que tengamos que hacer, ya sea enseñar en una clase de escuela dominical, liderar un grupo pequeño, contarle la historia del Evangelio a nuestro vecino, o predicar a miles, debemos hacerlo por fe. No hay otra manera de «poner en práctica las obras de Dios».
Nuestra responsabilidad es servir a Dios fielmente, donde sea que Él nos haya colocado. Luego, hemos de dejarle los resultados al Señor. Tal y como Jesús les recordó a Sus discípulos en Juan 15:5: «Separados de mí nada podéis hacer». —DHR

lunes, 6 de julio de 2009

LUZ Y TINIEBLAS

(Reflexion compartida en el matutino del 4 de Julio)

I. “DIOS ES LUZ” (I Juan 1:5-7)

¿Qué quiere decir que Dios es luz? Que no hay tinieblas, engaño, motivos falsos, ni maldad en Él. Y que si somos hijos de Dios tenemos que ser como Él. Dios es luz, y sus hijos deben ser como Él. Luz es símbolo de pureza, de amor y de verdad.

A. LA LUZ SIRVE PARA REVELAR Sin luz no hay visión. La luz revela lo oculto, da calor, hace crecer y da energía. El apóstol, al decir que Dios es luz, nos enseña que Dios es:

1. Gloria y esplendor (Isaías 9:2.)

2. Dios un guía seguro (Salmo 27:1. “Jehová es mi luz y mi salvación, de quién temeré”. Él señala el camino a seguir. Decir que Dios es luz es decir que Dios ofrece Su guía a los pasos del hombre en el peregrinaje de la vida.

3. Dios es puro y santo, y no hay ningún mal en Él.

4. Nos habla de que en la presencia de Su santidad se revelan nuestras imperfecciones.


B. ¿QUÉ QUIERE DECIR QUE NO HAY TINIEBLAS EN ÉL?

Las tinieblas representan todo lo que es pecado y malo. Ninguna de estas cosas existe en Dios:

1. En Cristo no hay muerte. Las tinieblas tipifican la vida sin Cristo y sin esperanza. El apóstol Pablo dice que una vez fuimos tinieblas, pero que ahora somos luz en el Señor (Efesios 5:8). Los que siguen a Cristo no andan en tinieblas, sino que tendrán la luz de la vida (Juan 8:12). En el Nuevo Testamento las tinieblas significan la vida sin Cristo, la vida sin Dios. De hecho una vida sin Dios, es una vida muerta.

2. En Cristo no hay ignorancia. Las tinieblas representan la ignorancia en la vida una persona separada de Jesucristo. Por eso Jesús invitó a seguirle, pues el hombre que anda en tinieblas no sabe hacia dónde va (Juan 12:35). Andar en tinieblas es caminar en ignorancia y extraviado del propósito de Dios.

3. En Cristo no hay pecado. Las tinieblas también simbolizan la vida de pecado. El apóstol Pablo exhorta a los hombres a que abandonen las obras de las tinieblas (Romanos 13:12). Cristo vino a la tierra para eliminar el pecado de nuestra vida.

C. LA IMPORTANCIA DE ANDAR EN LA LUZ (I Juan 1:6) Hemos visto que las palabras luz y tinieblas representan dos maneras distintas de vivir. Por eso es inconsecuente decir que tenemos comunión con Dios, si andamos en tinieblas.

1. No se puede tener comunión con Dios y al mismo tiempo estar viviendo en pecado. No se puede obedecer y pecar al mismo tiempo. El ser humano tiene que decidir entre obedecer totalmente a Dios, o seguir viviendo en su pecado, practicando todo tipo de maldad. La Palabra de Dios nos manda: “Santo seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Levítico 19:2; 20:7,26).

2. El verdadero sentido de la vida cristiana es libertad del pecado, como se afirma en I Juan 1:7: “Y la sangre de Jesucristo su Hijos nos limpia de todo pecado”. Por la sangre de Jesucristo obtenemos perdón y limpieza de nuestras maldades (Efesios 1:7; Apocalipsis 1:5). ¡Qué nuestro modelo de vida sea el Dios que nos presenta la Biblia!

miércoles, 1 de julio de 2009

LOS CREYENTES TAMBIEN LLORAN


Por Dr. Pablo Martínez Vila


«Tampoco queremos, hermanos, que... os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza» (1 Ts. 4:13)

«¿Puede llorar un creyente? ¿No es ello expresión de una fe pobre? ¿Cuál es la reacción correcta de un cristiano durante el luto?» Estas preguntas, muy frecuentes, reflejan la confusión existente en un tema que tiene muchas repercusiones prácticas en la vida de fe. Por ello necesitamos conocer qué dice la Palabra de Dios al respecto.
Cuando el creyente pierde a un ser querido, tiene muchos motivos de consuelo. Sabe que Cristo ha cambiado el sentido de la muerte, que ya no es el final de todo sino la transición a una vida «mucho mejor» (en palabras de Pablo). Sabe que la resurrección de Cristo nos da una esperanza firme de que volveremos a encontrarnos en «cielos nuevos y tierra nueva». Son muchas las promesas que mitigan la desesperación del creyente en los momentos de luto.
Sin embargo, a pesar de los numerosos motivos de esperanza y del consuelo de la fe, ni aun el más fuerte de los santos puede evitar el dolor de la separación cuando pierde a un ser querido. Esta fue la experiencia del mismo Señor cuando, ante la tumba de Lázaro, lloró abiertamente. Las lágrimas de Jesús por la muerte de su amigo son altamente reveladoras. Nos enseñan varias lecciones esenciales para entender el proceso del duelo y «llorar con los que lloran» de forma adecuada:
La muerte no es algo natural, sino todo lo contrario: es un hecho antinatural porque no fuimos creados para morir, sino para vivir. Está lejos del plan original de Dios al crear al ser humano. La muerte es «normal» en el sentido que afecta a todos, es una experiencia universal; pero es antinatural y repulsiva en su misma esencia. La Palabra de Dios nos define la muerte claramente como un enemigo, «el último enemigo». Por ello siempre nos costará aceptar algo que va en contra de la imagen Dios en nosotros, en contra de este sello de eternidad del que nos habla el autor de Eclesiastés: «Ha puesto eternidad en el corazón de ellos» (Ec. 3:11).

Lo natural es el dolor ante la muerte. De lo expuesto anteriormente se deduce que nuestra reacción espontánea ante la muerte sea de dolor y de rechazo. ¡Esto sí que es natural! Aquí es donde empezamos a entender que los creyentes también lloran. Lloramos porque el trauma de la separación, en sí mismo, es idéntico al del no creyente. La esperanza firme en una vida nueva con Cristo no detiene de forma automática las lágrimas. La Biblia es muy realista cuando nos narra de la manera más natural el duelo de grandes siervos de Dios, desde los patriarcas hasta los ancianos de la iglesia de Efeso. De ellos nos dice Lucas que «hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo de que no verían más su rostro» (Hch. 20:37-38).

La fe cambia la naturaleza de nuestras lágrimas. Después de todo lo dicho, sería erróneo concluir que el duelo de un creyente es igual al de la persona sin una fe personal en Cristo. ¡En absoluto! La fe cambia profundamente la forma de llorar. Lloramos, sí, pero lloramos de manera diferente, lloramos con esperanza. Porque hay dos «tipos» distintos de lágrimas: las que surgen de un corazón desasosegado, destrozado por la desesperanza de ver en la muerte el final de todo. Son lágrimas vacías, o quizás podríamos parafrasear a Hemmingway en uno de sus escritos, diciendo que son lágrimas «llenas de nada». Pero también hay lágrimas que coexisten con la serenidad y la paz de saber que la muerte no sólo no es el final, sino que es precisamente el comienzo de todo. Son lágrimas llenas de esperanza. Brotan de la mejilla de aquel que cree firmemente en la victoria de Cristo sobre la muerte en la cruz.
¿Cómo hay que llorar entonces?
El apóstol Pablo, en el pasaje que encabeza este escrito, alude a estas dos formas distintas de llorar: con o sin esperanza. Ahí radica la clave para un duelo adecuado, propio de un creyente, un duelo que, en palabras de J. Packer, «santifique a Dios». Porque podemos santificar a Dios en todas nuestras actitudes y experiencias, desde las más gozosas hasta las más tristes.
Vamos, por tanto, a analizar seguidamente de qué maneras prácticas podemos expresar este duelo con esperanza. ¿Cómo conseguir el equilibrio entre el dolor natural y la serenidad de la fe? Para ello consideraremos un ejemplo bíblico, Esteban, el primer mártir de la Iglesia Primitiva. Aunque no se trate de un caso de duelo en sentido estricto, la forma como afrontó la muerte este gran hombre de fe nos marca el camino a seguir. Lo hemos escogido como modelo porque en su martirio Esteban llevó a su máxima expresión tres actitudes que todo creyente debería manifestar ante la muerte:

Sin amargura. Esteban tenía muchas razones para sentir odio hacia los que le apedreaban de manera tan brutal como injusta. Podía haber muerto maldiciendo a sus enemigos o incluso acusando a Dios con amargura por su «silencio» y su lejanía en la hora de la muerte. Esta reacción habría sido perfectamente comprensible ante una multitud de personas que «se enfurecían en sus corazones y crujían sus dientes contra él» (Hch. 7:54). Lejos de ello, reparemos en las últimas palabras de Esteban momentos antes de expirar: «Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta su pecado. Y habiendo dicho esto, durmió» (Hch. 7:60).

Con paz. «Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel» (Hch. 6:15). Le acababan de acusar con calumnias graves (Hch. 6:11-12) que implicaban una muerte segura. Este complot para quitarle la vida se originó en la intensa envidia de los supuestos líderes religiosos del momento: «Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch. 6:10). Sin embargo, aun en medio de esta turba malvada y sin escrúpulos, Esteban mostró tal serenidad y sosiego de espíritu que la gente alrededor descubrió algo singular, excepcional en este varón de Dios: su rostro era como el rostro de un ángel. La pregunta es inevitable: ¿cómo puede un hombre en estas trágicas circunstancias tener una paz tan profunda? La respuesta está en la fe.

Con fe. En tiempos de aflicción, la fe nos hace alzar la vista al cielo: «Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Y dijo: He aquí veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios» (Hch. 7:55-56). Si Esteban hubiese centrado su atención en los que le calumniaban y en la injusticia tremenda que sufría, casi seguro que habría reaccionado de modo diferente. Pero había aprendido una lección que es vital en momentos de tribulación y en especial a la hora de afrontar la muerte: la fe mira hacia arriba, no hacia abajo. Esta fue la experiencia de Moisés, quien por la fe «se sostuvo como viendo al Invisible» (He. 11:27). Uno de los peores enemigos en el sufrimiento es la autocompasión. La autocompasión suele ser el resultado de un exceso de introspección, mirar demasiado dentro de uno mismo. Y el exceso de introspección, a su vez, lleva a la desesperación: «¡Pobre de mí, qué injusto es esto!». En el duelo es necesario mantener el equilibrio entre una auto-observación ponderada –mirar dentro de mí me permite entender qué me pasa- y mirar hacia arriba donde está sentado Aquel que provee «la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como segura y firme ancla del alma». Los que son capaces de asirse de esta esperanza, «tendrán un fortísimo consuelo» (He. 6:18-19).

La Biblia, no obstante, es muy realista. Después de la muerte de Esteban hay un hecho que no debe pasarnos desapercibido: la reacción de luto de los discípulos. «Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él» (Hch. 8:2). ¿Por qué tenían que llorar si su amado hermano estaba con el Señor? ¿Acaso la gloriosa visión del cielo que Esteban acababa de tener no era una confirmación de su fe? ¿Acaso la reciente resurrección de Jesús, con sus posteriores apariciones, no estaba fresca en su memoria? Entonces, ¿por qué lloraban? La fe no excluye el duelo. La reacción de llanto de los discípulos era normal y necesaria. «Hay un tiempo para todo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora» dijo el autor del Eclesiastés. Ante la muerte hay un tiempo para la expresión robusta de la fe, como hizo Esteban; pero también hay tiempo para llorar. Las lágrimas no son señal de una fe débil. Son la muestra de que el lado más duro de la muerte –la separación- ha tocado la fibra más sensible del corazón humano.
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación»
No podemos olvidar, al concluir, estas palabras del Señor, claras y rotundas, pronunciadas como parte de las Bienaventuranzas del Sermón del Monte. En realidad, contiene la mejor respuesta a aquellos creyentes que piensan, erróneamente, que llorar no es propio de un cristiano maduro. En esta afirmación encontramos varias implicaciones prácticas muy alentadoras en tiempos de aflicción. El Señor Jesús nos enseña que:
El hecho de llorar es algo natural, lo da por supuesto. No necesita justificar su afirmación ni dar explicaciones. Así de simple: las lágrimas son la forma más natural y sencilla de expresar el duelo. Jesús no reprende a los que lloran, sino que ¡los llama bienaventurados, felices!
Llorar no sólo no es negativo, sino que se considera deseable. Viene incluido en una lista de cualidades positivas del carácter tales como la mansedumbre, la pureza de corazón o el ser pacificador.
El duelo, llorar, no es incompatible con la «bienaventuranza» o felicidad en el sentido bíblico. Podemos estar muy afligidos por la muerte de un ser querido y, al mismo tiempo, conservar la actitud de serenidad y de paz que tuvo Esteban.
Esta felicidad del afligido es algo más profundo que un sentimiento; es la convicción de que nada ni nadie, «ni la muerte... ni lo presente ni lo por venir nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús» (Ro. 8:38-39).
La felicidad del afligido viene del hecho de que recibirá consolación. Esta promesa de consuelo es la llave que cambia algo negativo a primera vista –las lágrimas- en una bendición.
Por tanto, aun en medio del luto, el creyente se considera bienaventurado. Es verdad que duele por un tiempo, y a veces duele mucho, porque el dolor de la muerte es universal. Pero el duelo tiene fecha de caducidad. El creyente llora, sí, pero llora «feliz» –bienaventurado- porque es capaz de contemplar la muerte desde una óptica totalmente distinta. Vislumbra el otro lado de la muerte, aquella perspectiva luminosa de una vida con Cristo para siempre «quien enjugará toda lágrima de los ojos y donde no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas pasaron» (Ap. 21:3-4). Llora con esperanza; vive consolado.